La moda de levantarse a las cinco de la mañana promete productividad y disciplina, pero especialistas advierten que forzar el reloj biológico y dormir menos puede traer consecuencias físicas y emocionales a largo plazo.
Durante los últimos años se ha instalado una idea poderosa en redes sociales, conferencias motivacionales y libros de autoayuda. Levantarse a las cinco de la mañana sería el primer paso hacia el éxito. Quienes adoptan esta rutina aseguran que ganan tiempo, claridad mental y ventaja frente al resto del mundo. El mensaje parece sencillo: quien madruga, triunfa.
Sin embargo, la ciencia del sueño cuenta una historia muy distinta. Para muchas personas, forzar el despertador antes de que el cuerpo esté listo no solo no mejora el rendimiento, sino que puede deteriorarlo. Y si además implica dormir menos horas, el precio para la salud puede ser alto.
No todos funcionamos igual a primera hora. Cada persona tiene un reloj biológico propio, conocido como cronotipo. Algunos son naturalmente más activos en la mañana y se sienten despejados desde temprano. Otros, en cambio, alcanzan su mejor concentración entrada la tarde o incluso por la noche. Esta diferencia no es cuestión de carácter ni de disciplina. Tiene una base biológica y, en parte, genética.
A lo largo de la vida, el cronotipo cambia de forma gradual. Los adolescentes suelen ser más nocturnos, mientras que en la adultez el cuerpo tiende a adaptarse a horarios algo más tempranos. Pero ese proceso es progresivo. No ocurre porque alguien decida, de un día para otro, convertirse en una persona madrugadora.
Cuando se obliga al cuerpo a funcionar en un horario que no coincide con su reloj interno, aparece lo que los especialistas llaman “jet lag social”. Es una especie de desfase permanente entre lo que exige la agenda diaria y lo que dicta la biología. No se trata solo de sentirse cansado. Es un desajuste constante que genera estrés fisiológico.
Estudios han vinculado este fenómeno con alteraciones metabólicas, mayor riesgo de resistencia a la insulina y problemas cardiovasculares. En términos simples, vivir permanentemente en contra del propio reloj biológico puede afectar la regulación del azúcar en sangre, el peso corporal y la salud del corazón.
Pero el problema más frecuente no es levantarse temprano en sí, sino lo que suele acompañarlo: dormir menos horas. La mayoría de los adultos necesita entre siete y nueve horas de sueño por noche para funcionar de manera óptima. Aun así, muchas personas que adoptan rutinas extremas no se acuestan más temprano. Simplemente reducen el descanso.
El sueño no es tiempo perdido. Mientras dormimos, el cerebro consolida recuerdos, procesa emociones, refuerza el sistema inmunológico y regula funciones hormonales esenciales. Cuando el descanso se acorta de manera crónica, aumentan la fatiga, la irritabilidad y la dificultad para concentrarse. También crece el riesgo de desarrollar ansiedad, depresión, hipertensión y diabetes.
Además, no todas las horas de sueño son iguales. Las últimas fases de la noche cumplen un papel clave en la integración de experiencias y en la capacidad de tomar decisiones con claridad. Adelantar constantemente el despertador significa sacrificar precisamente esa parte del descanso que más contribuye a la lucidez mental.
Existe otro mito muy extendido: creer que más horas despierto equivalen a mayor productividad. Un cerebro con déficit de sueño puede comenzar la jornada antes que otros, pero su capacidad para planificar, evaluar riesgos y controlar impulsos se reduce. A simple vista puede parecer eficiente, pero opera con menor precisión y mayor desgaste.
La cultura del cansancio también influye. En muchos entornos laborales se ha glorificado la idea de dormir poco como símbolo de compromiso. Se aplaude a quien responde mensajes a cualquier hora y presume de jornadas interminables. Sin embargo, la evidencia muestra que el agotamiento sostenido no mejora el liderazgo ni el desempeño. Al contrario, las personas fatigadas suelen ser más irritables, menos empáticas y menos efectivas al tomar decisiones.
A esto se suma un factor social que rara vez se menciona en los discursos motivacionales. No todas las personas tienen la misma realidad. Para muchos trabajadores, especialmente en comunidades como la hispana en Florida Central, madrugar no significa meditar en silencio ni entrenar en casa. Significa salir temprano hacia empleos exigentes, cumplir dobles turnos o equilibrar responsabilidades laborales con el cuidado de hijos y familiares. En esos casos, levantarse aún más temprano puede traducirse simplemente en más agotamiento.
Nada de esto implica que madrugar sea negativo para todos. Hay quienes se sienten naturalmente bien iniciando el día antes del amanecer y logran mantener un horario de sueño adecuado. Para ellos, levantarse temprano puede ser una rutina saludable. El problema surge cuando se presenta como fórmula universal y se ignora la diversidad biológica.
La recomendación de los especialistas es clara. Más importante que la hora exacta en que suena el despertador es la regularidad y la duración del descanso. Mantener horarios estables, evitar pantallas antes de dormir, reducir el consumo de cafeína en la tarde y crear un ambiente oscuro y tranquilo en la habitación son medidas que sí han demostrado beneficios.
En lugar de preguntarnos a qué hora se levantan las personas exitosas, tal vez convenga preguntarnos si estamos durmiendo lo suficiente. La verdadera ventaja no está en ganarle horas al sol, sino en comenzar el día con la mente despejada y el cuerpo recuperado.
El éxito no empieza necesariamente a las cinco de la mañana. Empieza cuando dejamos de vivir permanentemente cansados y entendemos que el descanso no es un lujo, sino una necesidad básica para la salud física y emocional.






