Un estudio realizado en ratones encontró cambios en una región cerebral relacionada con la ansiedad y el consumo compulsivo durante la abstinencia. Los investigadores creen que el hallazgo podría ayudar algún día a identificar a las personas con mayor riesgo de recaída, aunque advierten que los resultados todavía deben confirmarse en humanos.
Dejar de consumir alcohol puede producir importantes beneficios para la salud. Sin embargo, para las personas que han desarrollado dependencia, mantenerse alejadas de la bebida puede convertirse en un proceso complejo en el que intervienen factores emocionales, sociales y también cambios en el cerebro.
Una nueva investigación realizada con ratones aporta pistas sobre uno de los grandes desafíos relacionados con el trastorno por consumo de alcohol. ¿Por qué algunas personas logran mantenerse en abstinencia mientras otras experimentan un fuerte deseo de volver a beber?
El estudio, publicado en Molecular Psychiatry, identificó cambios en la actividad de una pequeña región del cerebro conocida como núcleo del lecho de la estría terminal, o BNST por sus siglas en inglés. Esta zona ha sido relacionada anteriormente con respuestas al estrés, ansiedad y comportamientos asociados con el consumo de alcohol.
Los investigadores encontraron que una mayor actividad en esta región aparecía en los animales que posteriormente desarrollaban un patrón de consumo compulsivo.
El hallazgo abre una posibilidad interesante. Si algo parecido ocurre en seres humanos, observar la actividad de esta región cerebral podría ayudar en el futuro a identificar quiénes presentan mayor vulnerabilidad a una recaída y ofrecerles apoyo adicional.
Pero los científicos hacen una aclaración fundamental. Por ahora, los resultados proceden principalmente de experimentos realizados en ratones y no significan que dejar de beber sea perjudicial ni que provoque inevitablemente una recaída.
Qué ocurrió durante el experimento
Para estudiar lo que sucede durante la abstinencia, los científicos permitieron inicialmente que los ratones tuvieran acceso voluntario al alcohol durante un periodo prolongado.
Posteriormente, algunos animales pasaron por un periodo de abstinencia forzada.
Cuando volvieron a tener acceso al alcohol, una parte de estos ratones comenzó a mostrar lo que los investigadores describen como un consumo resistente a la aversión.
Para comprobarlo, añadieron quinina al alcohol para darle un sabor progresivamente más amargo y desagradable.
En condiciones normales, sería esperable que el sabor redujera el interés por beber. Sin embargo, algunos de los animales que habían atravesado el periodo de abstinencia continuaron consumiendo alcohol pese a su sabor desagradable e incluso llegaron a ingerir mayores cantidades.
Este comportamiento es particularmente interesante para los investigadores porque puede servir como modelo experimental de una característica observada en las adicciones humanas, en las que una persona continúa consumiendo una sustancia a pesar de conocer o experimentar sus consecuencias negativas.
Una señal apareció antes de volver a beber
Los científicos fueron un paso más allá y observaron qué sucedía en el cerebro.
Su atención se concentró en el BNST, una estructura localizada profundamente en el cerebro y relacionada con mecanismos involucrados en el estrés y la ansiedad.
Cuando los ratones que habían pasado por abstinencia regresaban al lugar donde anteriormente encontraban alcohol, intentaban beber incluso cuando el recipiente contenía solamente agua.
Durante esos intentos aumentaba la actividad cerebral en el BNST.
Los investigadores encontraron además que los ratones que posteriormente desarrollaron el consumo del alcohol extremadamente amargo presentaban más del doble de actividad en esta región que aquellos que no habían pasado por el mismo periodo de abstinencia.
Uno de los hallazgos que más llamó la atención ocurrió antes de que los animales tuvieran nuevamente acceso al alcohol amargo.
La actividad elevada en el BNST ya estaba presente.
Esto plantea la posibilidad de que determinados cambios cerebrales puedan aparecer antes de que ocurra una recaída.
¿Podría anticiparse quién tiene mayor riesgo?
Actualmente resulta difícil determinar con precisión qué persona con trastorno por consumo de alcohol tendrá mayores dificultades para mantener la abstinencia.
Por eso, encontrar posibles marcadores biológicos podría tener aplicaciones importantes.
Si futuras investigaciones demuestran que una actividad similar ocurre en seres humanos, eventualmente podría estudiarse si el BNST puede utilizarse como parte de herramientas para evaluar el riesgo de recaída.
Esto permitiría adaptar mejor los tratamientos y ofrecer intervenciones más intensivas a quienes presenten mayor vulnerabilidad.
Por ahora, sin embargo, estamos lejos de contar con una prueba clínica de este tipo.
Los propios investigadores reconocen que todavía desconocen exactamente qué función desempeña el BNST en estos comportamientos, qué provoca el aumento de su actividad y cuáles células específicas dentro de esta región participan en el proceso.
Un problema de salud que no debe minimizarse
El trastorno por consumo de alcohol representa un importante problema de salud pública.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo de Estados Unidos, una gran mayoría de las personas de 12 años o más consumirá alcohol alguna vez en su vida y una proporción desarrollará problemas relacionados con su consumo.
El alcohol está asociado con numerosas consecuencias para la salud, incluyendo enfermedades del hígado y del corazón, determinados tipos de cáncer, lesiones accidentales y problemas de salud mental.
La dependencia, además, no debe interpretarse simplemente como falta de voluntad.
Las investigaciones sobre adicciones han mostrado que el consumo prolongado de sustancias puede producir modificaciones en circuitos cerebrales relacionados con recompensa, estrés, motivación y toma de decisiones. Comprender esos cambios es precisamente una de las claves para desarrollar mejores tratamientos.
Dejar de beber continúa siendo beneficioso
Los resultados de este estudio requieren una interpretación cuidadosa.
La investigación no concluye que dejar el alcohol sea peligroso ni que la abstinencia sea responsable por sí sola de provocar una recaída.
Por el contrario, abandonar o reducir el consumo de alcohol puede producir numerosos beneficios para la salud.
Lo que sugiere el estudio es que, en individuos que ya han desarrollado patrones problemáticos de consumo, el cerebro puede atravesar cambios durante la abstinencia que influyan en la vulnerabilidad frente a una recaída.
Además, una persona con dependencia física importante del alcohol no debería suspender repentinamente su consumo sin orientación médica. La abstinencia alcohólica puede producir complicaciones graves en determinados casos y puede requerir supervisión profesional.
El próximo paso será estudiar a las personas
Los investigadores continúan utilizando nuevas herramientas de neurociencia para determinar qué células del BNST participan específicamente en el comportamiento de continuar bebiendo pese a consecuencias negativas.
Al mismo tiempo, otros científicos están estudiando la actividad de esta región cerebral en personas con trastorno por consumo de alcohol que atraviesan las primeras etapas de abstinencia.
Si los estudios en humanos encuentran patrones similares a los observados en ratones, podrían comenzar ensayos destinados a evaluar si esta actividad cerebral puede utilizarse para identificar riesgo y personalizar tratamientos.
Todavía queda mucho por descubrir.
Pero investigaciones como esta ayudan a comprender algo fundamental sobre las adicciones. Dejar una sustancia no depende únicamente de decidir no volver a consumirla. El cerebro también forma parte del proceso de recuperación.
Y mientras mejor entendamos lo que ocurre en él, mayores serán las posibilidades de ofrecer apoyo antes de que ocurra una recaída.






