Con propiedades antioxidantes y rituales de preparación el matcha o té verde japonés gana terreno más allá de Asia.
Cuando Eliza Ruhamah Scidmore —periodista y exploradora estadounidense— probó matcha por primera vez en Japón en 1891, no encontró una experiencia mística ni sensorial. “Es más amargo que la quinina”, escribió, comparándolo con una papilla verde espesa e incomprensible. Un líquido que, en su paladar occidental, no tenía lugar.
Casi 135 años después, ese mismo polvo verde es fotografiado a diario en cafeterías de Brooklyn, Buenos Aires, Lima y Puerto Rico. Sirve de ingrediente en batidos veganos, lattes con leche de avena, mascarillas faciales, y videos de mindfulness. Se le atribuyen beneficios casi mágicos. Y aun así, la historia del matcha —como la de tantos productos tradicionales que hoy son tendencia— es también una historia de descontextualización, apropiación y silencios.
Raíces molidas a piedra
El matcha es, esencialmente, hoja de té molida. Pero en la cultura japonesa, es mucho más que eso. El polvo se obtiene a partir de hojas jóvenes de tencha, cultivadas a la sombra, seleccionadas con precisión, secadas, desvenadas y trituradas en molinos de piedra. Su elaboración puede llevar semanas, y su preparación, décadas de aprendizaje.
En Japón, el matcha es el corazón del chanoyu, la ceremonia del té. Pero decirle “ceremonia” es quedarse corto. Es un ritual estético, espiritual y filosófico que busca armonía, respeto, pureza y tranquilidad en cada movimiento. Cada taza es una pausa. Una forma de mirar el mundo y al otro.
Cuando el sabor incomoda
Durante el siglo XIX, Japón comenzó a presentarse al mundo tras siglos de aislamiento. Participó en ferias universales, exhibiendo sus artes, arquitectura, y prácticas culturales. Allí, muchas personas en Occidente vieron por primera vez una taza de matcha.
La reacción no fue amable.
Lo llamaron “sopa de chícharos”, “bebida amarga”, “líquido extraño sin azúcar”. Se lo bebió con recelo y se lo entendió menos. El matcha, como otros saberes del Sur Global, fue observado con distancia, a veces con desprecio. El gusto —eso que creemos personal— también está mediado por historia, poder y prejuicio.
Una práctica que persiste
A pesar del rechazo inicial, algunas personas en Occidente cruzaron esa frontera del gusto. Estudiaron chanoyu en Kioto, vivieron en Japón por décadas, se internaron en los caminos del té, la poesía, el ikebana. Lo hicieron en kimono, con humildad. No por moda, sino por búsqueda.
Y es que, en su esencia, el matcha no es una bebida para consumo rápido. En su forma original, no lleva leche, ni espuma, ni saborizantes florales. Se sirve con dulces secos, en silencio, en una sala austera donde cada objeto ha sido dispuesto con intención. Lo que se bebe es tiempo. Y memoria.
Un boom global en tiempos de ansiedad
Hoy, el matcha vive una nueva vida. Instagram y TikTok lo elevaron como superalimento. Su color intenso, su estética minimalista y sus beneficios para la salud lo posicionan entre los favoritos de una generación que busca calma, longevidad y conexión con lo “ancestral”.
Pero esa misma masificación viene con preguntas incómodas:
- ¿Quién cultiva el matcha que se sirve en los cafés de moda?
- ¿A qué precio se produce?
- ¿Dónde queda el espíritu del chanoyu en un vaso plástico para llevar?
En Japón, las olas de calor amenazan la cosecha de tencha. Los precios suben. Los productores tradicionales alertan sobre una burbuja verde que puede reventar. La pregunta no es si el matcha seguirá de moda, sino si su origen sobrevivirá a la moda.
Más que salud, una ética
Los beneficios del matcha están documentados: antioxidantes, L-teanina, energía sin nerviosismo. Pero su mayor valor no está en lo que hace al cuerpo, sino en lo que propone al alma.
En un mundo acelerado, el matcha nos recuerda que preparar algo puede ser un acto consciente. Que servir a alguien puede ser una forma de cuidar. Que beber puede ser un gesto de encuentro. Que la belleza también está en lo sencillo.
Lo que se hereda, no se vende (pero se puede compartir)
Como tantas tradiciones del Sur Global —el cacao ceremonial, la ayahuasca, la yerba mate, el copal—, el matcha plantea una tensión, ¿cómo preservar la esencia de una práctica ancestral en un mundo que lo vuelve todo mercancía?
Tal vez la respuesta no esté en evitar su consumo, sino en consumir con respeto. Saber de dónde viene. Conocer su historia. No reducirlo a polvo, ni a estética, ni a algoritmo.
Porque al final, una taza de matcha bien preparada no solo nos conecta con Japón. Nos conecta con lo humano, con el deseo profundo de hacer las cosas con cuidado, de mirar a los ojos, de habitar el momento.
“Cada taza es una ceremonia. Incluso si no hay ceremonia”, decía una maestra de té en Kyoto. Tal vez eso también aplica para nuestras vidas.







