El actor italiano murió a los 100 años en Sicilia. Durante más de cuatro décadas fue la voz original del ratoncito que convirtió la ternura en un idioma universal y acompañó la infancia de varias generaciones.
Hay voces que no envejecen. Se quedan guardadas en algún rincón de la memoria y basta escucharlas otra vez para que regresen la sala de la casa, el televisor encendido y aquellos años en que la noche terminaba con una frase sencilla. “A la camita, a la camita”.
Peppino Mazzullo, el hombre que durante más de cuatro décadas le puso voz y buena parte del alma a Topo Gigio, murió este 30 de septiembre a los 100 años. Falleció en su casa de Santo Stefano di Briga, en Messina, Sicilia, la misma tierra donde había nacido. Apenas el pasado 6 de junio había celebrado su centenario rodeado por la gente de su pueblo.
Antes de Topo Gigio estuvo el muchacho que soñaba con el teatro. Mazzullo se marchó joven a Roma, estudió actuación y comenzó a abrirse camino en una Italia que descubría el poder de la televisión. Su destino cambió en 1961, cuando se encontró en los estudios de la RAI con aquel extraño muñeco creado por Maria Perego.
La primera impresión no fue precisamente la de estar frente a una futura estrella. Mazzullo recordaba un muñeco todavía rudimentario, con problemas de pegamento y una apariencia que necesitaba trabajo. Pero lo tomó entre sus manos y comenzó a hablar. De su garganta salió una voz aguda, inocente, traviesa. El actor Gino Bramieri, que estaba allí, le aconsejó que no la olvidara porque podía hacerlo famoso. No se equivocó.
Mazzullo decía que al ver a Topo Gigio sintió un vuelco en el corazón. Y tenía una explicación que parecía escrita para una película. Contaba que cuando tenía unos dos años había visto un ratoncito a los pies de su cama. El susto fue tan grande que no pudo llamar a su madre. Cuando finalmente se lo contó, ella lo tranquilizó diciéndole que aquel animalito era un duende que le traería suerte. Muchos años después, frente al muñeco de Maria Perego, Peppino creyó reconocer al visitante de su infancia.
Puede haber sido recuerdo, imaginación o una de esas historias que los viejos actores aprenden a contar con los años. Pero qué importa. Lo cierto es que Topo Gigio sí le trajo suerte.
El pequeño ratón salió de Italia y conquistó el mundo. Llegó a Estados Unidos y apareció en The Ed Sullivan Show, el mismo escenario televisivo por donde pasaron algunas de las figuras más grandes del espectáculo. Después vino América Latina, donde Topo Gigio adquirió voces propias y terminó convertido en parte de la cultura popular de varias generaciones.
Mazzullo estuvo ligado al personaje desde 1961 hasta 2006. Pero siempre hizo una precisión que decía mucho sobre aquella relación. No le gustaba que lo llamaran simplemente actor de doblaje. Para él, doblar era ponerle voz a un personaje que ya existía. Lo suyo había sido diferente. Él había tenido que inventar una voz y, al inventarla, había ayudado a crear al personaje.
Tal vez por eso Topo Gigio funcionó durante tantos años. No era un superhéroe ni necesitaba salvar al planeta. Era pequeño, vulnerable, enamoradizo, curioso y necesitaba cariño. Mientras otros personajes querían ser admirados, él pedía que lo abrazaran. Y detrás de aquella ternura estaba un hombre al que casi nadie veía.
En junio pasado, cuando Santo Stefano di Briga celebró los cien años de Peppino, hubo una torta enorme con el número 100 y un pueblo reunido alrededor de uno de sus hijos más queridos. Mazzullo volvió entonces a hacer aquella voz. El cuerpo tenía un siglo encima. Topo Gigio, en cambio, seguía siendo un niño. Casi cuatro meses después, Peppino se fue.
Queda una paradoja hermosa. El hombre pasó buena parte de su carrera escondido detrás de un muñeco, pero consiguió algo que muy pocos artistas alcanzan. Entró en la memoria de personas que nunca supieron cómo era su rostro.
Hoy aquellos niños tienen cincuenta, sesenta o setenta años. Muchos son abuelos. Los televisores cambiaron, las casas cambiaron y el mundo también. Pero si en algún lugar vuelve a escucharse aquella vocecita, durante unos segundos puede suceder el milagro.
La casa vuelve. la infancia vuelve. Y Topo Gigio todavía sigue allí.














