El religioso ecuatoriano de 52 años dedicó más de dos décadas al servicio de las comunidades vulnerables. Sus compañeros y feligreses lo recuerdan como un hombre sencillo, fraterno y cercano a los jóvenes.
Para quienes conocieron al padre Patricio Alfredo Sánchez Molinari, su recuerdo va mucho más allá de las trágicas circunstancias de su muerte. Era un sacerdote de trato sencillo, cercano a los jóvenes, preocupado por los enfermos y comprometido con llevar su labor pastoral hasta las comunidades más apartadas de Ecuador. Durante más de dos décadas dedicó su vida a acompañar a familias, escuchar a quienes buscaban consuelo y mantener viva la fe entre sus feligreses.
Su fallecimiento, ocurrido el sábado 17 de octubre en Guayaquil, dejó un profundo vacío entre sus compañeros de congregación y las comunidades donde ejerció su ministerio. Tenía 52 años y apenas dos días antes había celebrado su vigésimo primer aniversario de ordenación sacerdotal.
Nacido el 6 de noviembre de 1973 en Cuenca, al sur de Ecuador, Sánchez Molinari cursó estudios en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. El 15 de agosto de 2000 realizó su consagración religiosa y cinco años después, el 15 de octubre de 2005, recibió la ordenación sacerdotal.
Pertenecía a la Congregación del Santísimo Redentor, fundada en 1732 por san Alfonso María de Ligorio, cuya misión se concentra especialmente en anunciar el Evangelio entre las poblaciones más vulnerables.
Su trayectoria religiosa lo llevó por distintas ciudades ecuatorianas, entre ellas Loja, Durán, Vinces, Manta y Guayaquil. En cada destino desarrolló una labor pastoral caracterizada por la cercanía con las personas y la atención a las necesidades de sus comunidades.
Uno de los capítulos más significativos de su ministerio transcurrió en Vinces, donde fue pionero de la misión redentorista y durante varios años estuvo al frente de la parroquia San Lorenzo. Desde allí extendió su trabajo evangelizador hasta pequeños poblados rurales, algunos alejados de los principales centros urbanos.
Posteriormente, durante su paso por Manta y Guayaquil, impulsó la adoración eucarística y mantuvo una relación estrecha con instituciones educativas y grupos juveniles. También dedicó parte de su ministerio al acompañamiento espiritual de personas enfermas.
La Congregación del Santísimo Redentor lo recordó como un hombre «sencillo, tranquilo y fraterno, cercano a los jóvenes, colaborador de las instituciones educativas y atento al bienestar de los enfermos».
Estas cualidades marcaron la imagen que dejó entre quienes compartieron con él su vocación religiosa.
«Hay noticias que se difunden con rapidez, pero cuya comprensión requiere tiempo. La muerte del P. Patricio es una de ellas: nos deja sin palabras y nos conmueve», expresó la congregación en un comunicado de despedida.
En sus últimos años estuvo vinculado a la parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Guayaquil, donde también utilizaba las redes sociales para transmitir las celebraciones religiosas y acercar la vida parroquial a quienes no podían asistir presencialmente.
Fue precisamente durante una de esas misas, transmitida en vivo por Facebook, cuando una pesada cruz instalada detrás del altar se desprendió de la pared y cayó sobre él. Aunque fue auxiliado por los presentes y trasladado a un hospital, falleció debido a la gravedad de sus lesiones.
La parroquia expresó sus condolencias mediante un mensaje en el que agradeció su vocación sacerdotal, su amor al prójimo y los años dedicados al servicio de los demás.
«Su entrega, vocación sacerdotal y amor al prójimo permanecerán por siempre en nuestros corazones y serán ejemplo de fe y esperanza»
manifestó la comunidad religiosa.
La despedida estuvo acompañada de un pasaje del Apocalipsis que recuerda a quienes mueren en el Señor y descansan de sus fatigas.
La muerte del padre Patricio Sánchez Molinari provocó una conmoción que trascendió las paredes de su parroquia. Sin embargo, para sus compañeros y feligreses, su historia no se resume en el accidente que terminó con su vida, sino en los años que dedicó a servir a los demás.
Su legado permanece en las comunidades rurales que visitó, en los jóvenes que acompañó, en los enfermos a quienes brindó atención espiritual y en las familias que encontraron en él una palabra de aliento. Es esa vida de servicio, más que las circunstancias de su muerte, la que hoy recuerdan quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.















