Ayudar a un padre que envejece puede cambiar por completo la dinámica de una familia. Un especialista advierte que protegerlos no significa tratarlos como niños y que, incluso cuando existe deterioro cognitivo, deben conservar su autonomía tanto como sea posible.
Llega un momento en muchas familias en que los papeles comienzan a cambiar. El padre que durante décadas resolvió problemas ahora necesita ayuda para ir al médico. La madre que administraba la casa puede requerir apoyo para hacer compras, manejar sus medicamentos o realizar gestiones que antes hacía sola.
Para los hijos, ese cambio no siempre resulta sencillo. El deseo de proteger puede llevarlos, casi sin darse cuenta, a tomar decisiones por sus padres, hablar por ellos o asumir que ya no están en condiciones de escoger qué quieren hacer con su propia vida.
El psicólogo Feliciano Villar, catedrático de Psicología del Desarrollo y director del máster en Psicogerontología de la Universidad de Barcelona, advierte que cuidar no debería significar sustituir a la persona mayor.
Villar, autor del libro Mis padres se hacen mayores. Cómo cuidar cuando los roles cambian, sostiene que uno de los mayores desafíos consiste precisamente en ayudar sin infantilizar.
Incluso cuando aparece una enfermedad como la demencia, explica, debe intentarse conservar el poder de decisión de la persona durante el mayor tiempo posible. Su capacidad podrá disminuir progresivamente, pero eso no significa que desaparezca de un día para otro.
Una persona quizá ya no pueda manejar sus finanzas o tomar decisiones médicas complejas, pero todavía puede escoger qué ropa ponerse, qué desea comer, cuándo quiere salir, con quién quiere conversar o cómo prefiere organizar determinados aspectos de su rutina.
Esos pequeños espacios de decisión tienen un enorme valor porque detrás de la dependencia continúa existiendo un adulto con historia, gustos, opiniones y dignidad.
Escuchar antes de decidir
El envejecimiento también puede convertirse en una oportunidad para conversar.
Muchas veces conocemos a nuestros padres principalmente desde su papel de mamá o papá, pero sabemos poco de la persona que existía antes de nosotros. Sus sueños, dificultades, amores, sacrificios, temores y decisiones también forman parte de la historia familiar.
Villar recomienda aprovechar esta etapa para escuchar esas historias. Conocerlas puede ayudar a entender determinadas actitudes y, al mismo tiempo, permite conservar recuerdos que podrían desaparecer con ellos.
Ese diálogo también facilita algo fundamental en el cuidado. Saber qué quieren.
Hablar con anticipación sobre dónde desean vivir, qué ayuda aceptarían, cómo quieren manejar determinadas situaciones médicas o quién debería intervenir si algún día no pueden decidir evita conflictos posteriores.
Cuidar también puede desgastar
Pero el respeto hacia los padres no significa ignorar las necesidades de quienes los cuidan.
Cuando aumenta la dependencia, las responsabilidades pueden multiplicarse rápidamente. Aparecen citas médicas, medicamentos, compras, transporte, asuntos económicos y, en algunos casos, supervisión prácticamente permanente.
Si toda esa carga recae sobre una sola persona, el agotamiento puede terminar afectando su trabajo, su pareja, sus hijos, su salud y hasta la relación con el padre o la madre que intenta ayudar.
Por eso Villar insiste en repartir responsabilidades dentro de la familia.
No necesariamente todos los hermanos pueden hacer exactamente lo mismo, pero sí pueden contribuir de distintas maneras. Uno puede encargarse de las citas médicas, otro de las compras, otro de asuntos económicos y otro aportar tiempo o recursos para contratar ayuda.
El especialista también llama la atención sobre una realidad conocida por muchas familias. El cuidado continúa recayendo con demasiada frecuencia sobre las mujeres. Hijas, esposas y nueras terminan asumiendo responsabilidades que deberían distribuirse de manera más equitativa.
Una conversación que muchas familias aplazan
Buena parte de los conflictos aparecen porque estos temas no se hablan hasta que surge una crisis.
La recomendación es conversar antes, escuchar lo que necesitan los padres y permitir también que los hijos expresen sus límites. No se trata de imponer quién tiene la razón, sino de encontrar acuerdos que puedan funcionar para todos.
Envejecer implica cambios, pero no convierte a una persona adulta en un niño.
Quizá esa sea la diferencia más importante entre cuidar y controlar. Nuestros padres pueden necesitar cada vez más ayuda para caminar, recordar, organizar sus medicamentos o enfrentar las tareas cotidianas. Pero mientras sea posible deberán conservar algo que les perteneció durante toda su vida.
El derecho a decidir sobre ella.














